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Sensibilidad química múltiple la realidad 5/5 (1)

Edición | Fibromialgianoticias.com 1/10/2007

SENSIBILIDAD QUÍMICA MÚLTIPLE: DE LA CIENCIA FICCIÓN A LA REALIDAD

Escrito por Francisca Gutiérrez Clavero. Afectada de sensibilidad química múltiple, fibromialgia y síndrome de fatiga crónica

fguti_49@telefonica.net

Los tóxicos llegaron por primera vez a mí a través de la placenta de mi madre.

Entre sus recuerdos de adolescencia están las imágenes de cómo los aviones fumigaban los campos con el producto estrella del momento: el DDT. Empezó su profesión de enfermera entorno a 1945 y se especializó en ginecología-obstetricia, justo unos años antes de quedar embarazada de mí. Manipuló agujas de radio para tratar el cáncer de cuello de útero, realizó infinitas radiografías sin las precauciones necesarias, estuvo muchas horas sometida a los efectos de los anestésicos, desinfectantes y todo tipo de productos que suelen pulular en los quirófanos. Hasta que cumplí 3 años vivímos en un primer piso, justo encima de un taller de coches, donde empleaban rutinariamente gasolina, disolventes, gomas y cauchos. La mudanza siguiente no fue para mejorar, ya que aunque la vivienda era más grande y confortable, en el patio interior donde jugábamos los niños y las niñas a la salida del colegio habían unos locales alquilados por profesionales: electricistas, almacén de cintas de películas para proyección en salas de cine y un experto en ebanistería. Como no podía trabajar dentro por la evidente falta de ventilación, sacaba las maderas al patio y ambientaba nuestros juegos con pinturas y disolventes que pacientemente aplicaba a las maderas. A los 14 años marché con mi familia a Barcelona. Los altos precios de las viviendas nos obligaron a residir en un barrio periférico de la capital, junto a una autovía.

Había en los alrededores empresas contaminantes, entre ellas alguna que manipulaba caucho, materialaltamente tóxico. Si mi frágil memoria no me falla, durante el verano de 1981 pusieron en alerta a toda la población: las personas con problemas cardiopulmonares debían salir a la calle con mascarillas, el índice de contaminación estaba en zona roja.

No pudimos abrir la puerta del balcón que daba a la autovía durante semanas, a pesar del calor aplastante. El olor a hidrocarburos disueltos al sol era asfixiante. Mi hija, con 4 años de edad, tuvo problemas crónicos de las vías respiratorias altas desde que nació hasta los 10 o 12 años.

En 1982 me trasladé nuevamente. Elegí una ciudad de la costa levantina, Alicante, que siempre me había cautivado por su luminosidad. En aquel momento, mi profesión me obligó a trabajar entre despachos mal ventilados, viviendas en construcción y muchas horas al volante, una mezcla poco recomendable para la salud. Debido a una crisis económica en el sector donde trabajaba, en 1991 se produjo un cambio de rumbo profesional. Ingresé en la administración: un precioso entorno abierto, con jardines y zonas verdes. Pocos días después de incorporarme, llegué y encontré mi despacho con un dedo de polvo blanco. El servicio de limpieza me informó que eso era habitual según soplara el viento, ya que justo detrás había una importante empresa cementera que trabajaba de día y de noche.

Un día, hace ya muchos años, me enteré que aquel fin de semana habían fumigado el edificio porque había ratas en la biblioteca que se encontraba en el sótano. Esa acción pasó desapercibida para el gabinete de salud laboral quien no controló ni qué productos se utilizaron, ni en qué combinación, ni la cantidad y entramos todos a trabajar con absoluta normalidad. Pocos días después tuve una especie de crisis asmática. Desconozco si fue o no causada por aquella fumigación, pero hacía cerca de 20 años que no se me había reproducido.

Fui adicta al tabaco durante 25 años, hasta que una noche, precisamente en esa misma época, sentí que aquel humo me estaba matando. Esa toma de conciencia duró una fracción de segundos, pero fue tan intensa que apagué aquel cigarrillo y tras casi 10 años no he vuelto a probar otro, aunque me sigo considerando potencialmente adicta al tabaco.

Pasaron un par de años más y nos instalamos en un nuevo edificio. Las mesas recién compradas para equipar los despachos fueron atacadas por carcoma. Solicitamos a la oficina técnica que se realizase la reclamación al proveedor y se cambiasen. Después de mucho insistir conseguimos que viniese un carpintero del servicio mantenimiento, quien sin más problemas sacó una jeringuilla con un producto, según él “muy tóxico” (me mandó alejarme de allí y él por única protección llevaba una minúscula mascarilla de quirófano) y lo inyectó a la madera. Realizó el trabajo en dos despachos más de aquél pasillo. Esto se produjo a mediodía y a la mañana siguiente yo y otros compañeros, estábamos de nuevo en nuestros despachos soportando un olor terrible. De hecho, me ví obligada a salir varias veces a pasear fuera para oxigenarme esa mañana.

En 1999 cambié de domicilio y pude por fin tener el pequeño jardín que tanto soñaba. La llegada de la primavera me entusiasmaba, llenando la casa de flores, plantas y arbustos, ya que cada uno de ellos me parecía de una belleza particular e irrepetible. Poco tiempo después empezaron a presentar problemas de plagas. Pedí ayuda a los jardineros para salvarlas. Dieron rápidamente con la solución, practicar una fumigación triple: insecticida, acaricida y fungicida. Yo desconocía por completo los efectos de cada uno de los componentes y mucho menos de esta terrible combinación. Poco tiempo después empecé con dolores articulares y un episodio de “hombro congelado”.

Acabo de relatar los factores más destacables que me han llevado a padecer una enfermedad crónica, aunque luego están todos aquellos “otros tóxicos” de los que nadie habla, porque se han incorporado a nuestra cotidianeidad de tal forma que sin ellos no somos nadie. Me refiero a los cosméticos, colonias, productos de limpieza, ambientadores, barnices y tratamientos para la madera, objetos de decoración, maderas de aglomerado, tratamientos de los tejidos que utilizamos habitualmente para moda y decoración del hogar, sartenes de teflón, envases de plástico, microondas, pesticidas alimentarios, colorantes, conservantes, envases de plástico, tetra brick, y cientos de elementos más que podemos encontrar en cualquier supermercado y por supuesto en cualquier hogar normal.

Todos estos productos aparentemente nos hacen más seductores, más independientes, más seguros, nos ayudan a ahorrar tiempo, nos llenan de vitaminas y protegen nuestra salud… ¿cuántas mentiras más se pueden decir en menos espacio? Actualmente estoy diagnosticada de fibromialgia severa, síndrome de fatiga crónica severa y sensibilidad química múltiple. El impacto de estas enfermedades en mi vida ha sido devastador.

Después de una durísima lucha con los servicios sanitarios, inspecciones médicas, juzgados y un desembolso importante de dinero que ha minado de forma seria nuestra economía familiar, he conseguido que me reconozcan la invalidez permanente absoluta.

Pero hasta que llegó la sentencia el camino recorrido ha sido doloroso, terriblemente demoledor física y psicológicamente. Y a pesar de esto, la sentencia no recoge todas las patologías diagnosticadas, ¿por qué?, ¿es tanto el miedo a poner en tela de juicio nuestra “sociedad del bienestar”?

Los síntomas y patologías concomitantes de estas enfermedades son muy numerosos, ya que actúan como disruptores neuroendocrinos y afectan a todos los sistemas del cuerpo humano, aunque me atrevo a citar algunos: endometriosis (debido a la gravedad de la misma tuve que someterme a una histerectomía total con anexectomía doble de forma urgent), oclusiones intestinales, síncopes cardiacos, lipotimias, broncoespasmos, síndrome seco, tendinopatías degenerativas, dolores articulares, vómitos, colon irritable, fatiga invalidante hasta el punto de no tener fuerzas ni para orinar, deformaciones de las articulaciones de las manos, caídas por pérdida de equilibrio con las consecuentes lesiones que invalidan durante otro tiempo más, incapacidad para circular libremente por la calle debido a los hidrocarburos y otros agentes contaminantes de los que ya he hecho referencia con anterioridad, fiebre, hipotermia, herpes zoster, trombosis venosa, síndrome temporo-mandibular, hemorroides, candidiasis del tracto digestivo, afectación de la memoria, trastornos cognitivos hasta elpunto de estar incapacitada para leer, escribir, seguir una conversación o entender una película, y la última adquisición es un pequeño pólipo en la vesícula. Estas sólo son algunas de las consecuencias de estas enfermedades.

Hay muchas más, a veces aparecen de una en una, otras se solapan, y en algún momento se juntan todas a la una. No se puede desear el mal al prójimo ni en el peor de los casos, pero yo me ofrecería voluntaria para intercambiar un día, sólo un día de mi vida, con cualquiera de los grandes directivos de estas multinaciones, holdings o como se llamen que se dedican a comprar políticos, cuando no islas paradisíacas y que se dedican a fabricar y negociar con productos que merman, cuando no destruyen nuestra salud y nuestro entorno.

Cuando empecé a sentirme muy mal, la primera consecuencia que viví fue un mobbing profesional que, aún siendo una trabajadora que disfrutaba haciendo mis tareas (sin falsas humildades creo que de forma eficaz), acabó por destruir mi autoestima.

Llegué a dudar de mí misma, poniendo en tela de juicio qué me estaba sucediendo. Tras consultar 21 especialistas, tanto de la sanidad pública como privada, el resultado fue nefasto. Recibí malos tratos, consejos de que no hiciera pública mi enfermedad porque me podrían tachar de neurasténica, risas reprimidas, ser objeto de misoginia “activa”,acabando siempre con un “volante” en la mano dirigido a algún psiquiatra. Al no tolerar los tratamientos psiquiátricos, el especialista me tachó de mujer neurasténica con necesidad de llamar la atención y sin ningunas ganas de curarme. Recuerdo que en una ocasión, tras varias caídas debido a la falta de equilibrio en aquel momento, le pregunté al psiquiatra qué podía hacer. La respuesta fue tajante ante tres enfermeras: “póngase un casco y botas de motorista”. Mientras volvía a casa lloré hasta sacar toda la rabia y la impotencia que podía caber en mi corazón. Decidí que sería la última vez que un médico me vejaría por estar enferma.

Llegar al lugar adecuado ha sido un camino sembrado de espinas, pero por fin encontré profesionales sanitarios que creyeron en mis síntomas, me trataron como a un ser humano y tuve un diagnóstico correcto entre mis manos. No era un buen pronóstico, pero al menos no estaba loca. Hice saber a mis familiares y amigos cual era mi estado de salud, ya que hasta ese momento lo mantuve dentro de la mayor discreción posible. La ignorancia y la comodidad pueden llegar a hacer mucho daño. Algunos familiares lo han asumido, otros lo ven como una enfermedad “rara”, aunque la realidad sea completamente distinta si la englobamos dentro de las enfermedades producidas por el entorno ambiental.

He pedido que en las reuniones familiares o celebraciones especiales prescindan de cosméticos, colonias, maquillajes y laven sus ropas con bicarbonato, pero esto supone un sacrificio tan grande para ellos que ha provocado un distanciamiento familiar. En los casos más leves, se han aplazado repetidamente las visitas y se han sustituido finalmente por una llamada de teléfono de vez en cuando. En mi familia más íntima, hay quien no asume las limitaciones que imponen estas enfermedades, para ellos me he convertido en una obsesa de los químicos que pretende trasladarles mi patología. Incluso se ha llegado a plantear la costosa posibilidad de alquilar una segunda vivienda con el objeto de poder llevar una vida “normal”, sin verse alterados por mis limitaciones.

A menudo me pregunto quién es normal, nosotras, las personas que tenemos un detector más sensible que los demás a sustancias tóxicas y nocivas, o aquellas que por cuestiones de marketing e intereses económicos absolutamente aberrantes se someten a un consumo impuesto que a la corta o a la larga también mermará su calidad de vida.

En resumen, he sido una persona con problemas de salud desde que nací, pero a pesar de ellos he llevado una vida absolutamente normal, incluso hiperactiva, dinámica, creativa, haciendo frente a las realidades cotidianas. Actualmente me he convertido en una enferma crónica con una limitación de entre el 60 y el 100% de mi actividad normal. El sistema sanitario público no responde en absoluto a mis necesidades.

En concreto, la Sensibilidad Química Múltiple no tiene epígrafe en la Seguridad Social. Sólo Alemania y algún otro país que en estos momentos no recuerdo la reconocen como patología consecuencia de los tóxicos. Cobro una pensión de la cual el 70% lo destino a médicos privados, estancias en lugares con un poco de aire limpio, tratamientos no cubiertos por la seguridad social y constantes readaptaciones de la vivienda.

Lógicamente, he perdido mi actividad laboral, los hobbies que practicaba, las relaciones sociales y familiares además de tener conflictos en mi propio hogar. A pesar de la mascarilla para químicos que debo utilizar, dificultosamente puedo salir a la calle y viajar debido a la intolerancia a todos los hidrocarburos y químicos ambientales, sólo puedo consumir alimentos ecológicos y esporádicamente algún complemento nutricional de origen biológico. Cada día pongo un pie delante del otro sin preguntarme qué va a ser de mí, ya que ni siquiera encuentro un entorno natural para edificar una casa con la garantía suficiente de que en algún momento no vaya a sobrevolarme un avión para rociar pesticidas a los pinos del entorno, o que el agua de pozo esté limpia de químicos filtrados a través de la tierra.

La primera línea de playa está saturada de urbanizaciones, coches con los consiguientes hidrocarburos, y un vaivén de personas embadurnadas de magníficas cremas solares que se suponen protectoras, saturadas de perfumes y de dióxido de titanio. La lucha de todos aquellos que padecemos esta enfermedad sigue porque la fuerza nos sale del corazón y del alma. Este camino que estamos recorriendo tiene que borrarse de cualquier mapa y la humanidad debe plantearse un modo de vida que haga honor a su nombre.

El primer paso que se debe dar es una TOMA DE CONCIENCIA POR PARTE DE LA POBLACIÓN CIVIL, porque hoy es MI REALIDAD, pero mañana puede ser LA REALIDAD DE CUALQUIER OTRA PERSONA, nadie está exento de padecer una enfermedad ambiental. Y si el estímulo pensando en nuestras propias vidas no es suficiente, pensemos en la de nuestros hijos.

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