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Los hijos del plomo

Escrito por César Tovar el ENERO 8, 2007 para SEMANARIO

A Met-Mex Peñoles, de Alberto Bailleres, le ha ido muy bien con el incremento del 40 por ciento anual en su margen de utilidades. Esto trae consigo beneficios a todo aquel que trabaja en esta compañía o en su cadena de proveedores. Es el primer productor de plata a nivel mundial.

Sin embargo, existe un lado oscuro donde la empresa aún tiene una deuda.

Es la herencia de las 20 mil víctimas, todas menores de edad, por el plomo que esta compañía arroja al ambiente debido a sus procesos industriales. Envenenamientos, hemorragias, hasta daños cerebrales y óseos, son el legado que la empresa minera dejó a los habitantes de las populosas colonias cercanas, donde encontramos a cinco familias que subrepticiamente accedieron a narrar sus historias. Gente cansada de tanto luchar y de lograr muy poco.

Hace ocho años, el pediatra Manuel Velasco hizo pública la intoxicación que sufrían 50 niños a causa del plomo. Todos vivían en la colonia Luis Echeverría, un asentamiento irregular colindante con Peñoles (quien lo desapareció adquiriendo las casas).

Entonces, los afectados fueron tema en todos los medios de comunicación y, a la vez, fue la oportunidad de muchos políticos para congraciarse con una sociedad indignada.

Al paso del tiempo, los medios cayeron en el olvido sistemático de este asunto.

Demasiadas casualidades

Juana María Puentes Briones siempre pensó que la empresa los dejaría a la deriva, que tarde o temprano la compañía acallaría conciencias y voces.

Madre de cuatro, luchó incansablemente por el bienestar de sus hijos.

Es por ello que la abuela, María del Rosario Briones González, asegura que el último pensamiento de Juana, antes de morir prensada entre los fierros retorcidos de la camioneta estampada contra un árbol, fue dedicado a sus hijos: Brandon de 12 años, Miguel Ángel de 7, Itzel de 5 y Luis de 4.

“Hace dos años que se nos fue”, dice María del Rosario en su casa, ubicada en una vecindad oscura y fría de la colonia 1 de Mayo y que está contigua a Peñoles.

Es realmente un cuarto de 40 metros cuadrados, y lo comparte con José Luis, el esposo alcohólico que no aporta un peso al gasto familiar. Ahí también vive su hija Diana, con sus hijos María Fernanda, de 3 años, y Jaziel, de 2.

“Con un hombre que no da para ‘el chivo’ uno tiene que meterle duro”, dice con una sonrisa tibia la mucama del hotel Marriot, donde gana 2 mil 400 pesos al mes.

Con ese sueldo viven los nueve miembros de la familia.

“Más lo que le mendigo a José de vez en cuando”, dice la abuela.

Cuando el llanto le recorre la cara huesuda, observa sobre el piso a Jaziel, que con sus 2 años apenas se arrastra porque la malformación de sus pies no le permite caminar. Pero aún así, sonríe.

Tampoco habla, sólo balbucea y vuelve a sonreír.

“Además, siempre le sale sangre de la nariz…”, dice Diana, la mamá, al percibir la mirada incrédula del reportero, que fijaba su atención en los pies diminutos de huesos salidos, picudos, sin embonar.

“Los doctores de Peñoles siempre me dijeron que los problemas que tiene mi bebé son porque su papá seguramente se drogaba, pero eso no es cierto, la verdad es que yo siempre tuve niveles muy altos de plomo cuando me embaracé”, añade Diana, que se encarga de cuidar a sus dos niños y a los cuatro de la difunta hermana.

Basta ver a Jaziel, con promedios de 10 miligramos de plomo desde que nació, para percatarse que sufre de un coeficiente intelectual menor al de alguien de su edad. Su cerebro no terminó de desarrollarse. Es un efecto común entre los niños afectados por el plomo.

A media cuadra de la casa de Jaziel, en una vivienda de fachada verde, Erika González Guerrero fuma su noveno cigarro del día. A sus 32 años, asemeja 50.

Derrotada, se estremece cuando confiesa que sus seis hijos son de tres padres diferentes. Dice que nunca quiso envejecer sola: “entregaba el cuerpo y alma, pero me malpagaron”.

En soledad, aprendió a acompañarse para criar a Rubén, María Candelaria, Israel, Juan, Eliud y Anselmo.

No trabaja, vive con sus padres, quienes mantienen a las siete bocas con un sueldo de sirvienta y con la venta de cachitos de lotería. Juan González Guerrero apenas tiene 10 años y ha presentado niveles de plomo en la sangre que han llegado a los 60 miligramos.

Juan expone sus piernas escuálidas al viento frío, mientras juega con sus vecinos, Jaziel entre ellos, que apenas se arrastra.

A Juan, hace cuatro años que le diagnosticaron hiperactividad y ahí inició el calvario para Erika, su madre.

Mientras la mujer cuenta los problemas de Juan, éste corre, grita y desespera.

Él, que ha sido visto por cuatro neurólogos y dos psiquiatras, no comprende lo que ocurre, sólo le interesa ensuciarse más, rascarse menos, maldecir libremente; total, como dice Erika: “ya nada funciona con él”.

Ni siquiera el Rivotril y el Rohypnol, drogas que consumió largo tiempo a petición de los médicos, han podido parar la hiperactividad de Juan.

El déficit de atención lo hace un analfabeta porque no puede estudiar. Sólo estuvo unos meses en primero de primaria.

Juan no mide el peligro, pasa el tiempo subiendo y colgándose de los vagones del tren que pasa diariamente por las vías, frente a su casa.

La afectación que le aqueja no tiene remedio, vivirá a expensas de la suerte, sin tener oportunidad de prepararse, o siquiera de aprender un oficio.

La confirmación

“¡Entonces mis hijos no son los únicos!¡Entonces sí era el plomo!…”, exclama con una risa fastidiada Esperanza Olague, madre de Roberto, de 27 años, María Elena de 26, Agustín de 24, Esteban de 23, Julio de 12 y Lupita de 9, al escuchar la historia de Juan.

Esta familia también vivió en la colonia Echeverría, pero fue reubicada por Peñoles, que les adquirió su casa en 38 mil pesos. Con ese dinero compraron un terreno que hoy sigue baldío.

Viven de prestado en una casa de la madre de José, el esposo que se dedica a fabricar tubos para calentadores de leña.

A pesar de sus edades, ninguno de los hijos es independiente.

Y no porque no quieran trabajar, sino por un impedimento infranqueable: presentan un marcado retraso mental, un cerebro pequeño y seco.

Todos los hijos de esta familia fueron afectados en algún momento de su vida por el plomo en la sangre. Roberto, el mayor, llegó a tener hasta 80 miligramos.

El mayor logro es el de la chica, que apenas puede realizar lecturas lentas y entrecortadas.

El que llevó la peor parte fue Roberto, el mayor. Tiene 27 años, no pasa el 1.60 metros de altura y cada tarde la pasa sentado sobre la banqueta, viendo jugar a sus vecinos.

No habla, pocos conocen su voz, sólo la utiliza en las madrugadas, cuando el dolor en las articulaciones le provoca lágrimas y berridos. El resto del tiempo se comunica con la cabeza, siempre está asintiendo.

Se asombra con el flash de la cámara, quiere saber por qué la luz lo ciega, lo intimida.

Completa inocencia, los vecinos lo empujan, lo nombran “Orco” en referencia a un personaje de la película El Señor de los Anillos, y así denota gusto, porque puede sentirse aceptado. Aunque no patee el balón, al menos siente un ápice de vida en el abismo negro donde habita.

A más de dos décadas, Esperanza todavía llora la tragedia de sus hijos.

“Cada día me lleno de miedo, porque no sé si me puedo morir… luego mis hijos…

“¿Qué harían?… No pueden cuidarse solos, dependen de mi viejo y de mí. ¿Por qué no los ayudaron?… El día que nos muramos (sic) van a andar de mendigos, pidiendo limosna”, dice con largos sollozos.

Reubicación tardía

Y para otras familias las cosas no pintan diferente: bajo otras condiciones pero con idénticas carencias, Eddy de la Cruz Barrón es la fiel imagen de los adultos afectados por el plomo. Con un cuarto de siglo viviendo, tiene pinta de cincuentona.

Sus hijos son Esmeralda de 10 años, Johan de 9 y Christian de 6, a los que mantiene con el sueldo de Ismael, el esposo que cava tumbas en el panteón municipal.

Eddy dice que a pesar de todo, intenta ser feliz y transmitirles a sus hijos ese optimismo. En su jacal imperan el frío y el polvo. No tiene piso firme y con el lodo formado por las lloviznas de invierno la gripe es recurrente.

Los tres menores nunca han bajado de 20 microgramos de plomo, incluso llegaron a superar los 30. Y cómo no sería así, cuando la tierra de su propiedad tiene altos contenidos del metal, tierra en la que toda la familia come, duerme, sueña…

“Mis hijos tampoco aprenden en la escuela, no hacen caso, no se concentran. Me dice la maestra que el problema es ese, que no pueden poner atención. “Cuando les explico algo, lo entienden como a la cuarta vez, pero luego dejan de hacerlo, se les olvida, por eso reprueban”.

Con un tono más amarillo que moreno, Christian pide le preguntemos, se dice nervioso, quizás por eso corre y trepa, escupe y grita: “¡Pinche Peñoles!, ¡pinche!, -ríe a plenitud-, eso dice mi mamá cuando me pongo malote”.

Así, el buen carácter es de los pocos refugios que le queda a esta gente, a quienes las hemorragias nasales, los dolores en articulaciones y la incapacidad de aprendizaje forman ya su cotidianeidad.

En otro lugar

Al otro extremo del perímetro afectado, en la zona más céntrica de la ciudad, María de Lourdes Flores Muro recibe a Semanario.

En la sala de la pequeña casa narra que aunque sus condiciones no son de pobreza extrema, como en colonias vecinas, el plomo tampoco los respetó.

Viven justo frente a Fertirey, la filial de Peñoles dedicada a la producción de fertilizantes. Por ello, el olor ambiental es agresivo, sofocante.

Alejandra y Francisco, sus vástagos, rondan los 30 miligramos de plomo en la sangre. A sus 13 y 14 años respectivamente, padecen de hiperactividad, incapacidad de retención y sangrados, es decir, los síntomas recurrentes. La más pequeña, despierta y vivaracha, fue tratada desde los tres años por los neurólogos, al padecer fuertes choques de identidad.

Francisco, por su parte, es taciturno y ensimismado. Pasa como un fantasma por el pasillo, estornuda y la madre explica que no tiene gripe, simplemente es un mal crónico a causa de la contaminación.

“Nosotros tenemos miedo de que mis hijos se enfermen, sobre todo la niña, aquí hay mucho cáncer en mujeres, incluso casos de esterilidad… ya mucho daño les han hecho al no poder aprender como debe ser, por eso queremos que nos lleven de aquí, que nos reubiquen, pero Peñoles no nos hace caso, no les interesa escucharnos”, explica consternada María de Lourdes. Editado por Fibromialgia.nom.es/10-01-2007

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