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¿Cómo afecta la misoginia en medicina a los pacientes? Quien ha practicado la medicina o ha estado involucrado en la salud de la mujer en los últimos 50 años se ha encontrado de una manera u otra con la enfermedad de fibromialgia. Hemos visto muchos de nosotros como el péndulo de la fibromialgia ha oscilado del insuficiente reconocimiento a el excesivo diagnóstico, y de nuevo a el diagnóstico insuficiente.

El curso de la fibromialgia refleja el reconocimiento y el tratamiento del dolor en nuestra sociedad en general, este trastorno, en particular también se ve afectado por la fuerte asociación a las mujeres. Dado que hasta hace bien poco las mujeres no han formado parte del estamento médico y de la investigación, las enfermedades que afectan de forma exclusiva o predomina en las mujeres, a menudo son ignoradas o minimizadas. 

Es cierto que hacer un diagnóstico de fibromialgia no es fácil y no tiene tratamientos «confiables«. Tampoco es una enfermedad progresiva, no causa daño permanente a los músculos o articulaciones y no es causa directa de muerte prematura. No existen marcadores sanguíneos para la detección de la fibromialgia como ocurre con otras enfermedades reumatológicas. Los hallazgos de rayos X o resonancia magnética tampoco son una ayuda para el diagnóstico. 

¿Por qué la misoginia en medicina perjudica a los pacientes de fibromialgia?

El principal problema de la fibromialgia es y ha sido que la gran mayoría de los pacientes que presentan este síndrome de dolor generalizado son mujeres.

Así, ha sido más fácil para el sector arrogante y sexista de la medicina relegar la fibromialgia a los trastornos «histriónicos» o «psicógenos» que afectan predominantemente a las mujeres. 

Otros ejemplos de afecciones dolorosas e incapacitantes graves que afectan a las mujeres más que a los hombres son: la endometriosis, el dolor pélvico, la polimialgia reumática, la migraña, el lupus, la esclerodermia y la neuralgia del trigémino. Algunos de estos trastornos ahora están siendo reconocidos, investigandos y comienzan a recibir tratamiento. 

Aunque el término fibromialgia se acuñó por primera vez en la década de 1970, la enfermedad se remonta a miles de años hasta los tiempos bíblicos. Cuando estaba en la facultad de medicina y realizando la residencia en la década de 1980, muchos de los médicos que me enseñaban se negaban a reconocer la fibromialgia como un trastorno «real» y, a menudo, no ofrecían ningún tratamiento para ella. 

Hasta cierto punto, esto se debia a nuestra escasa comprensión de cómo afecta el sistema nervioso al tejido musculoesquelético. Pero en la gran mayoría de los casos, la negativa a reconocer la fibromialgia se debe al trasfondo de misoginia que impregna, incluso hoy en día, la medicina . 

Aprender a tratar la fibromialgia

Existieron otros profesionales de la comunidad médica que reconocian la fibromialgia y me enseñaron qué era, cómo diagnosticarla y cómo tratarla, a pesar de las escasas opciones de tratamiento (muy limitadas y casi inexistentes en ese momento).

En la década de 1990, cuando comencé mi práctica privada en el Valle de San Fernando de California, mi formación y conocimiento práctico sobre la fibromialgia recibió el impulso por la presencia de las mujeres que se presentaban en mi consultorio con esta enigmática e intratable enfermedad. Dado que en aquellos momentos no había tratamientos aprobados por la FDA, intentamos todos y cada uno de los tratamientos no aprobados con el objetivo de obtener el alivio, a largo o incluso a corto plazo, de los síntomas . 

Se hicieron ensayos con AINE, tricíclicos como amitriptilina, trazodona, ISRS, opioides en dosis bajas, relajantes musculares, fisioterapia con agua tibia, inyecciones en los puntos gatillo; y luego los tratamientos no tradicionales como guaifenesina, dietas antiinflamatorias, acupuntura, yoga, tai-chi, sauna, terapia de infrarrojos, cannabis, naltrexona en dosis bajas y cambiar a un clima cálido y seco. 

Aunque ninguno de estos tratamientos es muy eficaz; cuando funcionaron, resultó ser un gran alivio restaurar la función a estos pacientes que llevaban sufriendo tanto tiempo. A pesar de todo esto, de vez en cuando me enteraba de amenazas e intentos de suicidio de los pacientes con fibromialgia que no habían respondido a ninguno de estos tratamientos. 

Estos pacientes me llevaron a mí y a otros médicos a tratar el dolor en serio; que no se convierta en causa de otras patologías mórbidas como depresión, fibroniebla, cefalea cervicogénica, intestino irritable, vejiga hiperactiva y fatiga crónica. También nos animó a usar opioides más fuertes, si era necesario, con el fin de controlar el dolor crónico. Esto coincidia con la liberación de opioides de acción más prolongada como MS Contin, parches de fentanilo y OxyContin. 

A medida que el reconocimiento de la fibromialgia se generalizaba en la década del 2000, también lo hizo el impulso para controlar el dolor de manera más agresiva con dosis más altas de opiáceos. Se aprobaron leyes y se publicaron pautas, instando a los médicos a tratar el dolor con compromiso y seriedad. A los médicos se les enseñaba, en un seminario tras otro, que los opioides de acción más prolongada controlarían el dolor a lo largo del día con menos necesidad de tomar pastillas. Esto proporcionaba niveles sanguíneos más estables y menos euforia, haciendo que los opioides causaran menos hábito y buscar minimizar la adicción. 

A finales de la década de 2000, Lyrica fue el primer medicamento especifico aprobado para el tratamiento de la fibromialgia, seguido de forma rápida por Savella y Cymbalta. Los pacientes con fibromialgia se vieron beneficiados de mayor reconocimiento y tratamiento de su trastorno y de un enfoque agresivo con el fin de controlar el dolor. 

Muchos de mis pacientes que no respondieron a tratamientos no aprobados lograron la remisión con los nuevos medicamentos aprobados por la FDA. Algunos que no lo hicieron consiguieron estabilizarse con dosis más altas de hidrocodona, oxicodona, Dilaudid, metadona, buprenorfina, morfina o fentanilo. Algunos de los casos más graves pudieron dejar los medicamentos orales y restaurar la función diaria normal después de implantarles bombas de analgésicos subcutáneos. 

Una nueva traición

Posteriormente, a principios de la década de 2010, comenzaron a llegar informes de un aumento en el número de muertes por sobredosis de opiáceos, que a menudo involucraban a drogadictos que trituraban y aspiraban las tabletas de OxyContin para drogarse. También se conoció que los pacientes que tomaban opioides de froma crónica tenían mayor riesgo de sobredosis accidentales.

En respuesta a esta situación, las juntas médicas estatales y los CDC emitieron pautas de prescripción de opioides más restrictivas; seguido por la DEA que vigilaban a las farmacias y a los médicos especialistas en el dolor. Las clínicas dedicadas al tratamiento del dolor, unas tras otra, comenzaron a cerrar, los pacientes se encontraban con la imposibilidad de encontrar nuevos médicos. Un gran número de pacientes vivieron los daños colaterales a medida que los medios de comunicación y la profesión jurídica avivaban las llamas de la guerra contra los opiáceos. 

Los pacientes con dolor crónico ante la falta de acceso a los analgésicos vivieron desajustes serios en su calidad de vida como: no levantarse de la cama, no tener un trabajo o no cuidar de su familia. Para muchos pacientes de fibromialgia, el resultado fue como si se cerraran de golpe las puertas del tratamiento . 

La última traición hacia estos pacientes provenia de la propia comunidad médica y académica. Estaba horrorizada y conmocionada, en mi último seminario sobre manejo del dolor escuchaba al profesor joven, daba una conferencia sobre el tema de la fibromialgia, manifestar en voz alta que la política oficial actual de la comunidad médica es que los opioides no tienen ningún papel en el tratamiento de la fibromialgia. 

Cuando se le preguntó qué deberíamos hacer por los pacientes que han fallado con todos los tratamientos recomendados, aprobados por la FDA y otros, solo se podía recomendar el yoga. Fue entonces cuando me di cuenta de que la misoginia se había vuelto a poner de moda. La comunidad médica, intimidada por los «cazadores de opiáceos» obligó a mantenerse firmes y se mostraran tajantes a lo que es esencialmente una teoría ridícula: la idea de que no deberíamos usar analgésicos en el tratamiento del dolor crónico. 

Esto es lo que se enseña hoy en día en las facultades de medicina en todo el país. Se está formando a la próxima generación de médicos para que piensen que es correcto dejar a las personas, día tras día, con dolor crónico. Cuando hay fármacos disponibles que, cuando se usan con prudencia, pueden devolver la vida y restaurar la función a un paciente incapacitado. 

Obviamente, existe el riesgo de efectos secundarios graves de los opioides, al igual que los de cualquier medicamento potente. Pero eso es lo que estamos capacitados para hacer, para tener en cuenta estos efectos secundarios para cada paciente de forma individual, para evaluar los riesgos frente a los beneficios de cada tratamiento y para monitorear y hacer el seguimiento lo mejor que podamos. Eso es lo que mi juramento hipocrático me dice que haga. 

Si tan solo pudiéramos llegar al otro lado menos misógino de la comunidad médica, a los que tienen el valor suficiente para decirle la verdad al poder. Existen, y estan por todas partes, en las escuelas de medicina y en las torres de marfil, pueden reconocer la injusticia, hablarán y restauraran el sentido común a nuestros futuros médicos. Todo el mundo me dice que no me pasa nada

Dra. Denise Phan

Dra. Denise Phan doctora de Medicina Interna en Los Ángeles. Tabaja en el Valle de San Fernando y forma parte del personal del Valley Presbyterian Hospital. La Dra. Phan participa activamente en las emisiones anuales de unidades móviles de salud en el Programa de Asistencia Social para Vietnam y en Misiones Humanitarias Internacionales.